La carta, el pedido y la cocina en la misma pantalla. El cliente pide desde el QR de la mesa, la comanda cae en cocina con su reloj y cada plato descuenta los ingredientes que usó. Al cerrar el día ves venta, costo de mercadería y lo que quedó — no sólo cuánto facturaste.
Cargás el horario semanal del local una vez y listo. La jornada del martes nace sola cuando el primero abre la caja, el KDS o una mesa — no hay que acordarse de crearla, y un local que abre 300 días al año no carga 300 jornadas a mano.
Un QR por mesa con tu carta y tus precios. Editás una carta entera sin que salga a la venta y la aplicás cuando querés: los precios se copian a la carta activa en una sola transacción, y el sistema te avisa qué producto quedó sin cubrir.
El cliente elige y confirma sin instalar nada ni loguearse, con verificación por los últimos cuatro dígitos del DNI. El mozo toma exactamente el mismo pedido desde su celular cuando la mesa prefiere hablar con una persona.
Una milanesa y dos cervezas son un solo pedido para el cliente —un número, un ticket, una cuenta— y dos trabajos distintos en pantalla. El ruteo se define por categoría, no plato por plato: cargás 200 platos y no taggeás 200 veces.
La mesa consume primero y paga al final: el saldo acumula el consumo movimiento por movimiento y siempre cierra contra la suma, con la sesión bloqueada en la misma transacción. Efectivo y Point, sin cobros duplicados. La propina queda registrada por mozo y no toca el saldo, porque es plata del staff.
El rango se asigna por jornada: el que hace el salón el martes puede hacer la terraza el sábado, y el rango de anoche no se arrastra a hoy. Cada uno abre su pantalla y ve sus mesas con lo que debe cada una, si la mesa llamó y qué pedidos le faltan salir. El consumo se imputa a la mesa que atiende; la propina, a quien la recibió.
Un toque y la cuenta se reparte entre los que sean, hasta cincuenta. El ticket canta cuánto le toca a cada uno <em>y el resto</em>: tres personas sobre $10.000 pagan $3.333,33 y sobra un centavo — si el ticket no lo dice, la caja recibe de menos y el arqueo cierra mal. El saldo de la mesa no se toca: es un rótulo, no un segundo número para discutir.
Insumos con rendimiento, recetas, depósitos por sector, órdenes de compra, traslados y conteo desde el celular. Comprás por kilo y vendés por plato: el descuento lo hace la receta, no una planilla. La caja abre con el monto contado y cierra con arqueo.
Preferimos decirlo acá y no el primer día de servicio. Estas dos están diseñadas y priorizadas, pero hoy no las podés usar, y por eso tampoco se cobran. Todo lo de arriba sí: está en producción.
Las cartas por día ya existen y se aplican a mano. Falta que el ejecutivo de 12 a 15 entre y salga solo por horario. Va con cuidado: una carta aplicada a destiempo cobra mal toda una jornada.
Que el cliente reserve desde la web y la mesa quede bloqueada esa franja. Hoy la reserva se anota afuera del sistema.
GV Resto y GV Barra son el mismo motor: el catálogo, las recetas, los costos, el stock, el conteo, la merma, las promos, los combos, las cartas, la pantalla de cocina, la caja, el arqueo y el informe del día son literalmente el mismo código. Lo que cambia es la unidad de trabajo.
En un boliche la unidad es la noche: una fecha, una caja, un corte, y el bartender despacha consumición por consumición contra reloj. En un restaurante la unidad es la mesa: se abre, se le va sumando, se divide si hace falta y se cierra cuando la gente se va — y el local abre todos los días, al mediodía y a la noche. Por eso GV Resto trabaja sobre jornadas operativas, una jornada del martes sin evento ni entradas de por medio, y no sobre fechas de espectáculo.
Eso no es una promesa de diseño. La jornada operativa está en producción desde agosto —hoy la usa un club nuestro para las noches en que abre sin vender una sola entrada— y desde el horario semanal del local se abre sola todos los días. Y las miles de ventas de barra que el sistema lleva registradas no estuvieron atadas a ninguna entrada: la barra nunca necesitó la ticketera para cobrar. El motor está probado con plata real; lo que GV Resto agrega es el encuadre de salón.
GV Resto sale 129 dólares por mes por local, facturados en pesos al cambio oficial del día. Es tarifa plana: no hay porcentaje sobre tu venta, y la recaudación del salón es cien por ciento tuya.
Si tu local ya opera con GVenue y tiene el módulo de barra, sumás el servicio de mesa como add-on y llegás al mismo número. Si nunca viste un evento en tu vida y sólo querés el restaurante, contratás GV Resto suelto. Las dos puertas valen exactamente lo mismo a propósito: es el mismo producto, y un precio distinto según por dónde entrás sería una diferencia que después hay que explicar.
Ese plan base trae la carta, la venta, la comanda de cocina con su pantalla, el cierre de caja y el informe del día. Si además querés el costo real de cada plato, el stock por depósito con la merma en pesos y el QR para que el comensal pida y pague desde su celular, eso es <strong>GV Resto PRO</strong>: 189 dólares por mes, todo junto. Sueltos esos tres suman 218, así que el PRO descuenta 29 — y es el plan que la mayoría de los restaurantes termina necesitando.
Lo decimos así de claro a propósito: el plan base no trae recetas ni control de merma ni el pedido desde el celular del cliente. Preferimos que lo sepas ahora y no cuando ya estés operando.
Un celular o una tablet con internet, y tu carta con precios. Lo que lleva tiempo no es el sistema: es cargar los platos con sus recetas, porque ahí es donde nace el costo real. Podés arrancar sólo con la carta y los precios —esa misma tarde ya cobrás y cerrás caja— y sumar recetas, costos y stock cuando quieras afinar el control.
No hace falta comprar nada. Corre en el navegador, sin instalar aplicaciones, en el aparato que ya tenés en el salón.
Cargamos diez platos con sus recetas y te mostramos el cierre del día con tus propios números. Tarifa plana mensual, sin porcentajes sobre tu venta.