En Corrientes el verano son dos fiestas enormes, una detrás de la otra: en enero la Fiesta Nacional del Chamamé, unas diez noches en el anfiteatro Cocomarola; en febrero el carnaval, con las comparsas en el corsódromo. Dos públicos distintos y dos meses seguidos de pico.
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La noche de Corrientes tiene una característica que le cambia la operación a cualquiera que trabaje ahí: enero y febrero son dos fiestas enormes seguidas, el chamamé y el carnaval, con públicos que no se parecen. No es un detalle de marketing — decide cuánta gente entra junta, cuántas manos hacen falta en la puerta y en qué momento de la semana se juega la recaudación.
Corrientes tiene uno de los veranos más cargados del país. En enero, la Fiesta Nacional del Chamamé llena durante unas diez noches el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola y convierte a la ciudad en la capital de un género que la UNESCO reconoció como patrimonio de la humanidad. Un mes después llega el carnaval, con las comparsas compitiendo en el corsódromo y la rivalidad de siempre entre las más grandes.
Son dos fiestas que no se parecen. El chamamé convoca a un público de todas las edades, que baila en pareja y llega de toda la región; el carnaval es otro ritmo y otra gente. Un local que trabaja los dos meses tiene, en los hechos, dos temporadas seguidas con dos configuraciones distintas, y el error típico es seguir con la de enero cuando ya empezó febrero.
Y las dos tienen la misma consecuencia para la noche: la gente sale del anfiteatro o del corsódromo y sigue. No llega de a poco, llega junta y tarde, cuando terminó la grilla o el último desfile. Esa ola es la que define cuánto entra en la puerta y en la barra, y es la que se pierde si el control es una sola persona con una lista.
Lo de arriba vale igual en Riachuelo, Santa Ana, San Cosme, San Luis del Palmar y Empedrado.
Alrededor de la capital, Riachuelo, Santa Ana y San Cosme tienen su vida de fin de semana, y San Luis del Palmar sus propias fiestas. Son eventos de pueblo, muchas veces organizados por un club o una comisión, que se venden a gente de toda la zona y se hacen pocas veces al año.
Para esos eventos lo que importa es no cargar con un costo fijo y que la puerta la pueda controlar cualquiera con un teléfono, y que la venta online llegue a quien vive a media hora y decide el mismo día.
GVenue se desarrolla adentro de clubes que están operando: cada función nace de un problema real de una noche real y se corrige a la semana siguiente, con el club funcionando. Por eso el cajero no puede tipear un precio, el aforo se cuenta en vez de estimarse y la caja se arquea contra lo que se contó. Y por eso la barra no paga comisión: GVenue no se lleva un porcentaje de lo que vende la barra, que es del club, entero.
Vender entradas no tiene setup ni mensualidad: el cargo de servicio lo paga el comprador. Los demás módulos tienen su precio por mes a la vista en /armar, y van sin abono si vendés tus entradas con GVenue y llegás a 300 entradas pagas por mes (promedio de los últimos 3 meses).